Muchos dicen que ellos predican a Cristo y no doctrina. Otros expresan que el amor une y que la doctrina divide.
Ambas afirmaciones, frecuentes en nuestros días, generan confusión
acerca de la importancia de la doctrina, presentándola como contraria a
la predicación efectiva del evangelio y enemiga de la unidad del cuerpo
de Cristo.
¿Es posible que La Doctrina realmente divida?
“Yo predico a Cristo, no predico doctrina”, dice un evangelista, creyendo establecer una afirmación sabia. “El amor une, la doctrina divide”, expresa otro pastor creyendo fomentar la unidad.
Lucas reseña que los primeros cristianos
“perseveraban en la doctrina de los apóstoles
” (Hch. 2:42). Luego
describe la vida cotidiana señalando que “los que habían creído estaban
juntos” (v. 44), “perseverando unánimes cada día” (v. 45). “Y el Señor
añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos” (v. 47).
Como es evidente, la perseverancia en la doctrina no
afectaba la unidad; al contrario, era un factor determinante para
mantenerla. Tampoco estorbaba la predicación, que era vigorosa y
efectiva.
¿Qué es La Doctrina de los Apóstoles (N.T) y Profetas (A.T)?
La palabra doctrina quiere decir enseñanza, por
lo tanto la doctrina de los apóstoles es la enseñanza que éstos les
brindaban a los convertidos. No lo habían por voluntad propia sino por
encomienda del Señor, quien les ordenó: “Enseñándoles que guarden todas
las cosas que os he mandado” (Mt. 28:20).
La enseñanza de Jesús, transmitida por los apóstoles,
conforma el cimiento de la iglesia: “Edificados sobre el fundamento de
los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo
Jesucristo mismo” (Ef. 2:20). Por lo tanto, la doctrina constituye el
factor esencial de unidad de la iglesia del Señor y su fundamento. Si la
desechamos, destruimos esa unidad y agrietamos el basamento de la fe.
Esta doctrina es la base de la predicación del
evangelio, con la que afirmamos que Cristo es el Hijo de Dios doctrina
de la encarnación, que derramó su sangre por nuestros pecados doctrina
de la redención, que somos salvos por la fe doctrina de la
salvación, etcétera. Es imposible predicar a Cristo sin predicar
doctrina.
La fe cristiana no es el resultado de la especulación
humana, sino de la revelación de Dios. Él ha hablado, y en las Sagradas
Escrituras tenemos toda su revelación para el hombre. Esto constituye
el tesoro más valioso del cristiano, la “sana doctrina” a la que debemos
ajustarnos: “Pero tú habla lo que está de acuerdo con la sana
doctrina”. (Tit. 2:1).
De la raíz del calificativo sana, que se aplica en
griego a la doctrina, proviene nuestra palabra higiene, es decir,
saludable, que proporciona salud espiritual. Por tanto, la doctrina de
los apóstoles es la base de la salud espiritual del pueblo de Dios.
Doctrina de hombres y de demonios.
La Palabra de Dios nos advierte sobre otros tipos de doctrinas que no provienen de Dios. Son mandamientos y doctrinas de hombres (Col. 2:22), y doctrinas de demonios (1 Ti. 4:1).
Las doctrinas de hombres fueron censuradas por el
Señor, quien para descalificarlas citó a Isaías: “En vano me honran,
enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres” (Mr. 7:6,7).
Los hombres suelen elaborar doctrinas aparentemente piadosas, pero que
generan divisiones y enfermedad espiritual. Los fariseos y saduceos
tenían doctrinas muy elaboradas, que Jesús calificó de levadura por su
efecto contaminante (Mt. 16:6).
Estas doctrinas humanas pueden infiltrarse en la
iglesia del Señor. Contamos con el testimonio de lo que sucedía en la
iglesia de Pérgamo: “Tienes ahí a los que retienen la doctrina de
Balaam, que enseñaba a Balac a poner tropiezo ante los hijos de Israel, a
comer de cosas sacrificadas a los ídolos, y a cometer fornicación. Y
también tienes a los que retienen la doctrina de los nicolaítas, la que
yo aborrezco” (Ap. 2:14,15).
En Colosas, donde pretendían infiltrar doctrinas
humanas, los creyentes reciben la advertencia apostólica: “Mirad que
nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas, según las
tradiciones de los hombres
y no según Cristo” (Col. 2:8). El apóstol
señala con claridad la diferencia entre las doctrinas elaboradas por
tradiciones humanas y la de Cristo. La doctrina humana puede ser
permisiva o restrictiva. En el caso de Balaam, que aceptaba y promovía
la fornicación, la doctrina era permisiva; pero en Colosas era
restrictiva: “¿Por qué, como si vivieseis en el mundo, os sometéis a
preceptos tales como: “No manejes, ni gustes, ni aun toques (en
conformidad a mandamientos y doctrinas de hombres), cosas que todas se
destruyen con el uso?” (Col. 2:20-22).
La doctrina falsa, restrictiva o permisiva, siempre
es perniciosa y abre el camino al libertinaje o al fariseísmo. El hombre
no elabora doctrinas saludables sino enfermizas y contagiosas.
También se habla de doctrinas de demonios; contra
ellas advierte el apóstol Pablo a Timoteo: “Pero el Espíritu dice
claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe,
escuchando a espíritus engañadores y adoctrinas de demonios” (1 Ti. 4:1). Esa doctrina infecta a la iglesia por vía humana, “por la hipocresía de mentirosos
” (v.2).
Todas estas doctrinas, aunque se vistan de piedad, son contrarias a la enseñanza del Señor.
Efectos de la Doctrina Falsa.
La falsa doctrina tiene consecuencias
perturbadoras en la vida de los cristianos y en la iglesia del Señor,
por eso debe prestársele mucha atención, y cuidarse de ella cuando
asoma: “Mas os ruego, hermanos, que os fijéis en los que causan
divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros habéis
aprendido, y que os apartéis de ellos” (Ro. 16:17). Estas doctrinas
producen divisiones entre los hermanos y tropiezos en la marcha de la
vida espiritual de todo el cuerpo de Cristo.
Debe, por lo tanto, diferenciarse bien lo que es sana
doctrina de la doctrina falsa o de factura humana, inspirada por
Satanás. Por eso tenemos que ser cuidadosos. Cuando afirmamos que “el amor une y la doctrina divide”, hay que ser precisos: lo que divide es la doctrina de corte humano e inspiración diabólica.
La sana doctrina, enseñada por el Señor y transmitida
por los apóstoles, proviene de Dios. Así lo afirmó Jesús cuando dijo:
“Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió” (Jn. 7:16). Esta
enseñanza jamás puede causar divisiones, es más, es el vínculo más
importante del pueblo de Dios.
Cuando la doctrina falsa se introduce en la iglesia,
se detiene el proceso de edificación y aumentan los conflictos; por eso
es que a Satanás le agrada promoverla, porque responde a sus fines. En
esos casos, se ordena a los pastores actuar con autoridad, mandando
expresamente que no la permitan e instruyan al pueblo para que la
desechen (1 Ti. 1:3).
La sana doctrina, por el contrario, tiene efecto
saludable en la vida de quien la recibe. Aunque a veces es dura, señala
errores y exige enmiendas, todo eso lleva a vivir a plenitud en Cristo.
El ministro de Dios tiene que sentir la
responsabilidad de predicar lo que Dios manda con la certeza de que es
saludable para su pueblo. “Si esto enseñas a los hermanos, serás buen
ministro de Jesucristo, nutrido con las palabras de la fe y de la buena
doctrina que has seguido” (1 Ti. 4:6). El cuidado que tengamos de
nosotros mismos y de la doctrina redundará en beneficio espiritual para
todo el pueblo de Dios (1 Ti. 4:16).
Un pueblo nutrido con la sana doctrina adquiere
madurez y firmeza, se mantiene sano y puede enfrentar, sin fluctuar,
todos los vientos de doctrina que sacuden a los indoctos e inmaduros
(Ef. 4:14).
Cómo Evaluar La Doctrina.
¿Cómo saber que una doctrina es sana? Hay una
sola manera: remitirnos a la Palabra de Dios. Todo el sano consejo de
Dios está revelado en ella. Si la obedecemos, ciertamente estaremos en
la sana doctrina. Si nuestra predicación se basa en la Palabra de Dios
estamos enseñando la sana doctrina.
Las Escrituras no son para respaldar nuestras propias
ideas. Es verdad que muchas interpretaciones han producido algunas
parcelas en el pueblo de Dios, pero son cuestiones secundarias y no
deberían afectar nunca la comunión cristiana. Sin embargo, el fundamento
doctrinal debe ser firme.
Debemos ser incondicionales de la Palabra de Dios,
nuestra doctrina tiene que ser clara y fluir directamente de las
Sagradas Escrituras.
Hoy, todo lo novedoso cautiva, y eso produce grandes
vientos de nuevas doctrinas casi siempre falsas. Por eso tenemos que
estar en permanente vigilia para que Satanás no introduzca enseñanzas
perturbadoras que aflijan al cuerpo de Cristo.
El aluvión de novedades produce mucha confusión
teológica, y permite la introducción de sutiles herejías ataviadas como
verdades. Para detectarlas tenemos que desarrollar un discernimiento
sano.
Muchas veces nos negamos a hacerlo, y el eclecticismo
del mundo que lleva a aceptar cualquier opinión, se filtra en la
iglesia. Los cristianos tenemos que saber discernir y rechazar el error
con firmeza. No podemos ser tolerantes o condescendientes con lo que
Satanás quiere introducir para destruir el cuerpo de Cristo.
No debemos ser suspicaces, porque terminaríamos
viendo fantasmas donde no los hay; ni ingenuos, porque terminaríamos por
negar la realidad. Los falsos maestros están entre nosotros, y las
falsas doctrinas golpean constantemente a nuestra puerta.
Recordemos la exhortación del apóstol a los ancianos
de Efeso: “Y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas
perversas
Por tanto, velad” (Hch. 20:30,31). Es ingenuo pensar que
Satanás ha perdido su virulencia; sin embargo, él sigue actuando en la
misma forma. Cada cristiano debe, por lo tanto, velar para evitar que el
enemigo logre concretar sus nefastos objetivos, y recordar la
advertencia: “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los
espíritus si son de Dios, porque muchos falsos profetas han salido por
el mundo” (1 Jn. 4:1).
La Seducción del Error
El cristianismo va a cumplir 2000 años de
historia. En ese prolongado lapso tuvo que sostener duras luchas contra
herejías y apostasías, diferenciar entre la verdad y el error y mantener
la sana doctrina. Al cabo de tan largo recorrido parecería que la
seducción del error debería haber disminuido, y los anticuerpos surtido
efecto. ¿Volveremos a discutir lo que analizamos exhaustivamente en el
pasado? Acaso, ¿no aprendemos con las experiencias? Aunque parezca
extraño, muchas de las doctrinas condenadas en el pasado resurgen hoy y
vuelven a vulnerar a los incautos.
Nuestro tiempo es particularmente proclive a generar
cada vez más doctrinas enfermizas, heréticas y apóstatas. No debe
extrañarnos: “Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros
tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores
y doctrinas de demonios” (1 Ti. 4:1); “Porque vendrán tiempos cuando no
sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se
amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias” (2 Ti.
4:3).
La posmodernidad proclama
cotidianamente el fin de las ideologías, e intenta edificar el futuro
sin considerar el pasado. Propone un salto que deseche los fundamentos
históricos. Esto se infiltra en la iglesia, induciendo a menospreciar la
sana doctrina fundamentada en la Palabra de Dios.
Rebeldes espirituales, que no soportan la sana
doctrina porque les resulta fastidiosa, se agrupan para dar rienda
suelta a su sensualidad, y atacan con sutileza satánica la doctrina que
recibimos del Señor y los apóstoles.
A esto tenemos que añadir la prédica constante que
nos bombardean desde ENLACE TV, pretendiendo que seamos cada vez más
permisivos. Así tratan de minar nuestra capacidad de reacción y
decisión. Hay cristianos que creen que si se oponen al error o no tienen
una actitud tolerante, están atrasados. Esto hace que Satanás gane la
batalla.
“Compra la verdad, y no la vendas” (Pr. 23:23), dice
el sabio. Aferrarse a la verdad bíblica no es quedarse en el pasado; es
situarse en la eternidad; porque la sana doctrina de los apóstoles no es
antigua, es eterna. Es nuestra responsabilidad ante el Señor proclamar
esta verdad a nuestra generación y a las venideras, a CUALQUIER PRECIO.
Dios Los Bendiga..!!
Atte: Atalaya – Jose Antonio Valladares
Siervo de JESUCRISTO
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