Hasta hace poco la vía
para canonizar a un mártir o a un cristiano ejemplar que intercedió para curar
a un enfermo podía durar décadas o siglos. Pero ahora parece que el Vaticano no
tiene tiempo y que puede obviar ciertas cosas, incluso los milagros.
Puede que este domingo el
papa Francisco explique a los 1.000 millones de católicos de todo el mundo el
proceso de santificación actual. Y es que las canonizaciones
de Juan Pablo II y Juan XXIII llegan marcadas de
polémicas por estar fuera de las tradiciones eclesiásticas. El camino hacia la
santidad de Juan Pablo II ha sido, milagrosamente,
el más rápido en la historia moderna, algo que dejó a los tradicionalistas con
la boca abierta y las cejas en alto. Mientras que en el caso de Juan XXIII (con
solo un milagro), Francisco tomó la inusual decisión de prescindir de los
requisitos modernos del Vaticano que pide al menos dos milagros verificados.
Si Juan Pablo II fue particularmente conocido como una máquina de
hacer santos, Francisco no se está quedando atrás
Si Juan Pablo II fue particularmente conocido como una máquina de hacer santos,
Francisco no se está quedando atrás. Mientras el papa peregrino llevó a cabo
más de 482 canonizaciones durante sus 27 años al frente de la Iglesia católica
(más canonizaciones que en los 600 años anteriores), el pontífice argentino, en
solo un año, ha aumentado la lista de santos católicos con 800 más donde al
menos tres de ellos no tenían ni un solo milagro confirmado en su haber.
Así las cosas, ante un hecho sin precedentes, ya que es la primera vez en los
2000 años de historia de la Iglesia católica que se canoniza a dos pontífices a
la vez, muchos se preguntan ¿cómo decide la Iglesia santificar a un hombre que
también fue pecador? ¿Cuáles deben ser sus méritos? Y ¿se lleva a conciencia la
investigación sobre su vida ejemplar, así como la de los dos milagros que hasta el momento el mismo Vaticano pedía
confirmar?
Francisco marca nuevas
tendencias
La tendencia de Francisco de eludir los canales para la certificación de los milagros está generando fricción en el interior de las
murallas del Vaticano, por lo que se espera que el nuevo papa haga reformas
para modernizar la imagen de los santos. La base de esas reformas se sentará en
la idea de que hay que cambiar el énfasis de la naturaleza mística de los
santos y no exigir milagros, y tomar más en cuenta sus vidas como modelos a
seguir.
Esta nueva tendencia podría allanar el camino a la elevación más rápida de
posibles santos que en la actualidad tienen el estatus de beatos. La madre
Teresa de Calcuta, por ejemplo, tiene estancada su santificación debido a que
solo tiene un milagro reconocido por el Vaticano que, por cierto, fue
cuestionado por los científicos.
Por otro lado, algunos críticos consideran que la creencia de que los católicos
pueden rezar directamente a los santos para que estos les hagan algún milagro,
puede esfumarse si se pierde la esencia fundamental de antes para canonizarlos
(la de los milagros sin explicación científica).
Los procesos de
canonización
En siglos pasados, las dulces fragancias que salían de las
tumbas de los candidatos eran señales milagrosas para convertirlos en santos.
Hoy en día, la Iglesia se basa en gran medida en curaciones médicas, que deben
ser instantáneas, duraderas y claramente atribuibles a una intervención divina.
En la actualidad cualquier persona puede proponer al Vaticano a una persona
para canonizarla, pero generalmente se toman en cuenta las propuestas hechas
por una diócesis. El Vaticano recoge toda una serie de testimonios, así como
hechos de la vida misma del candidato, para posteriormente decidir si se puede
seguir con la investigación que quedaría en manos de decenas de expertos
médicos y teólogos.
Aunque la canonización de Juan Pablo II es foco de críticas, vale recordar que
el mismo día de su muerte, el 2 de abril de 2005, miles de feligreses pedían ya
canonizarlo. Y aunque muchos han acusado a Juan Pablo II de hacer la vista
gorda ante los numerosos informes de abusos sexuales dentro de la Iglesia, la
presión para canonizarlo fue tan grande que habría sido casi imposible para Francisco
evitarlo. El papa argentino lo tiene claro: la Iglesia del siglo XXI no puede
ser como la de los siglos pasados, por lo que las reformas, para el bien de la
comunidad religiosa, deben ponerse sobre la mesa.






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